sábado, diciembre 17, 2011

Conectándonos


Subir a un ómnibus es una experiencia cada vez más solitaria. Tengo el hábito de mirar a las personas con las que comparto el trayecto y cada día puedo constatar que más y más la gente está concentrada en sus teléfonos o abstraídos del mundo por grandes audífonos. Nadie quiere comunicarse, pero todos quieren ser escuchados dentro de su comunidad. Nuestra era ha producido las herramientas más rápidas y efectivas –en términos de comunicación- que la humanidad haya conocido. Sin embargo, este desarrollo ha cambiado para siempre la manera en que nos construimos como personas. La necesidad de inclusión del ser humano -paradógicamente- se satisface desde la exclusión.

La construcción de redes sociales a través del Internet ha generado una obsesión en la gran mayoría de adolescentes. Las antiguas reuniones en casa de algún amigo se han convertido en sesiones de chat y citas especiales para ir a jugar en línea. Ensuciarse en la calle ya no está más de moda. Pero, además, esta fiebre ha ido más allá. Numerosas personas han dejado de lado los viejos mecanismos con los que buscaban ser parte de una comunidad. Hoy, la estrategia es distinta: hay que estar conectado.

Ser parte de una gran comunidad virtual y tenerla al tanto de nuestro día a día parece ser el mecanismo por el cual la sociedad actual se busca y se afirma. Lamentablemente, para muchos, una buena conversación alrededor de una taza de café ya no dice mucho.

miércoles, diciembre 14, 2011

El costo de la inmigración

Canadá es quizá uno de los pocos países que conserva una política de inmigración constante. Si bien no es una inmigración abierta, busca que las personas que lleguen a su territorio posean determinadas formaciones que contribuyan al crecimiento del país. Todos aquellos que desean embarcarse en tamaña aventura pasan por un proceso largo y tedioso con la embajada canadiense en sus países de origen. El proceso, que tiene un costo aproximado de mil dólares canadienses, se basa en un sistema de puntos que evalúa la formación de cada candidato, su experiencia laboral, el dominio de idiomas, la edad, y si la profesión del solicitante se encuentra entre las 29 ocupaciones consideradas como prioritarias para el mercado laboral (http://www.cic.gc.ca/app/ctcvac/francais/qc100 ). El proceso puede durar entre uno y cuatro años.

Para muchos el tiempo de espera en sus países ayuda a amasar las esperanzas de un futuro idílico, lejos del caos cotidiano que representa vivir en un país en vías de desarrollo. El lugar soñado, aquel donde todos poseen un trabajo y son parte de una sociedad más equitativa y respetuosa de las diferencias, aguarda ser descubierto.

Al final, la espera tiene su recompensa, el gobierno canadiense notifica la aceptación del proceso inmigratorio y – para usar términos gubernamentales- les brinda el privilegio de establecerse en Canadá. Muchos dicen adiós a casi toda una vida, alistan maletas, se despiden de los suyos y se suben a un avión rumbo a lo desconocido.

Las primeras semanas siempre son de excitación, pero al cabo de un tiempo muchos empiezan a cuestionarse sobre las implicancias de tamaña decisión: no existen amigos, se transforman en perfectos desconocido, y al final de cuentas, las cosas no son tan perfectas como se imaginaban.

Sin embargo, el gobierno ha previsto una serie de ayudas para la buena integración de sus nuevos “arribantes”. Para los que decidieron vivir en la provincia francófona, el Ministerio de Inmigración y Comunidades Culturales brinda un curso de francés a tiempo completo. Asistir al curso es opcional y gratuito. Aquellos que deciden seguirlo el gobierno les brinda una subvención por cada mes de estudio según sea su estatus inmigratorio.

Luego de programa de francés, es el momento de buscar un empleo. La selección como un inmigrante capacitado debería garantizar una búsqueda rápida y exitosa. Sin embargo, la provincia que los ha escogido por sus capacidades profesionales no reconoce las formaciones efectuadas fuera de Canadá. Para muchos este es un golpe difícil de superar. Si bien es cierto que existe una evaluación comparativa de estudios - costosa y prolongada- muchos de los inmigrantes han pasado, por lo menos, siete meses en el país y utilizado gran parte de sus ahorros, viéndose obligados a aceptar trabajos de subsistencia para poder sostener a sus familias.

En Montreal, la ciudad más grande y costosa de la provincia de Quebec, donde el 90% de los inmigrantes se establece, existe un empleo por cada cincuenta inmigrantes. A pesar de ello, el aeropuerto de la ciudad recibe cada semana cientos de aviones llenos de personas que persiguen la ilusión de un futuro mejor.